La casa Sotheby's acoge hoy en Londres la primera subasta de una obra
de Nat Tate, un pintor neoyorquino que, como dice el catálogo, «ha alcanzado un
estatus legendario». Según su biografía oficial, Tate se suicidó en 1960,
arrojándose al Hudson desde el ferry de Staten Island, y su cuerpo jamás se
recuperó. Tenía 31 años. También su arte estuvo a punto de perderse en las
profundidades del olvido, pero lo rescató un libro publicado a finales de los
90 que reavivó el interés por su figura y sus cuadros, además de desvelar
detalles sobre su relación con artistas de más talento o mejor suerte, como
Picasso y Braque. Confiesen, ¿nunca habían oído hablar de Nat Tate? Cuando se
editó aquel volumen que lo reivindicaba, el mundo entero del arte se encontraba
exactamente en esa misma situación: nadie lo conocía de nada, pero prefirieron
disimular y hacerse los entendidos, y mordieron así el anzuelo de una de las
bromas más conseguidas de la historia de la cultura. Tate, el artista borracho
que pintaba puentes, nunca existió.
Todo fue una creación del escritor británico William Boyd, que firmaba
aquel libro de severo título: 'Nat Tate: un artista americano'. En él se
dedicaba a repasar los recovecos de una biografía que, más o menos, todo amante
del arte debería conocer, como se insinuaba claramente en algunos pasajes. Boyd
relataba, por ejemplo, su propia visita a una galería de la calle 57, donde
contemplaba sin demasiado interés bocetos de Warhol o Twombly pero se quedaba
«impresionado» por el dibujo de un puente: «No necesitaba leer la etiqueta
impresa para saber que era de Nat Tate», concluía el muy puñetero. En la obra
se recogían supuestas declaraciones de Peggy Guggenheim -«era un gran amante»,
habría dicho la coleccionista, ya fallecida por aquel entonces- y se
reproducían obras de Tate, pintadas por el propio novelista. La recuperación
del artista, cuyo nombre resultaba de combinar dos galerías londinenses, la
National y la Tate, culminó con una presentación por todo lo alto en su ciudad,
Nueva York. Se celebró en el estudio de Jeff Koons, donde se reunió el 'quién
es quién' de la intelectualidad local, incluidos ilustres como Paul Auster,
Julian Schnabel o, bueno, Brad Pitt.
El cantante David Bowie, editor del libro y cómplice del escritor,
leyó para los asistentes un extracto de la biografía. Él mismo poseía, según
explicó, un pequeño óleo de Tate que había comprado a finales de los 60. «La
gente es como es y no quiere parecer ignorante ni desinformada: muchos hablaban
abiertamente sobre Nat Tate, recordando con afecto aspectos de su vida y
exposiciones a las que habían asistido, o reflexionando sobre su triste muerte
prematura», recordaba William Boyd el domingo pasado en las páginas de 'The
Guardian'. La única persona a la que todo le sonó muy raro fue un periodista
británico, David Lister, que fue preguntando a algunos críticos presentes en el
acto si Nat Tate era muy conocido: «Menearon la cabeza con aire sabio y
murmuraron: 'No demasiado bien conocido... no mucho... no tenía mucho nombre
fuera de Nueva York... ya sabes, con los expresionistas abstractos, había un
montón de seguidores...'». Al día siguiente, Lister se acercó a la calle 57 en
busca de la galería mencionada en el libro, pero también era pura ficción. Él
fue quien descubrió el engaño al mundo, aunque algunas víctimas ni siquiera se
inmutaron: «Bueno, existen tantos artistas reales malos que prefiero oír hablar
de uno bueno que no existió», reaccionó, impertérrito, uno de los embromados.
¿Acaso eran buenos los cuadros que improvisó Boyd? Nunca quedará
claro, porque la propia anécdota sobre su origen les ha dado cierto valor en el
mercado: Sotheby's espera obtener por la pieza subastada entre 3.500 y 6.000
euros, que se destinarán a fines benéficos. Los expertos de la casa calculan
que hay dieciocho obras de Tate en circulación o en colecciones privadas, ya
que, según la leyenda, el pintor lo quemó casi todo antes de quitarse la vida.
La página correspondiente del catálogo, una lograda muestra del flemático humor
inglés, describe el cuadro 'Puente nº 114' con la misma seriedad que cualquier
otro lote: analiza la «clara influencia» de Paul Klee en el dibujo infantil del
puente y se detiene en lo que vuelve «particularmente rara e interesante» la
obra, la técnica para reproducir el agua. «Se compone de huellas dactilares: el
pulgar y el índice de Nat Tate mojados en tinta y presionados contra el papel.
Estas marcas, únicas y personales, son lo más cerca que probablemente lleguemos
a estar nunca de la presencia física del artista».
Nat Tate no está solo en el olimpo de los pintores inexistentes. El
arte moderno siempre se ha visto expuesto a bromas de este tipo, que ponen en
evidencia a los críticos más pretenciosos. Los años 20, tiempo de vanguardias,
fueron prolíficos en travesuras: es célebre el caso de Pavel Jerdanowitch,
único representante conocido del desombracionismo. Tras la pantalla de este
ruso tuberculoso se escondía Paul Jordan Smith, un profesor de latín harto de
que despreciasen como anticuados los cuadros de su esposa. El hacendoso Smith
puso manos a la obra y pintó una estampa colorista en la que se veía a una
nativa de los mares del Sur sosteniendo en alto una piel de plátano: su intención
original era reproducir una estrella de mar, pero no le salió. Lo tituló
'Exaltación' y, no satisfecho con crear su propio artista, le atribuyó un
movimiento -el desombracionismo, bautizado así porque se vio incapaz de pintar
sombras- e incluso una imagen, la suya propia después de dejarse barba,
cambiarse el peinado y maquillarse. Triunfó en su primera exposición y pronto
le estaban entrevistando desde revistas de arte francesas. Más o menos
contemporáneo suyo fue Bruno Hat, estrafalario sujeto que pintaba en la
trastienda del comercio que regentaba su madre, en plena campiña inglesa, y que
a menudo aprovechaba como soporte las alfombrillas de baño que se vendían en la
tienda. Detrás de él se aguantaban la risa el escritor Evelyn Waugh y sus
brillantes amigos.
En los 40, causó revuelo en Estados Unidos otro artista misterioso,
Naromji, que incluía en sus obras recortes de revista, tiza y esmalte de uñas.
«Me senté y pensé qué era lo peor que podía hacer», explicaría después el
verdadero autor, Jim Moran, un publicista recordado en el negocio por haber
vendido un frigorífico a un esquimal de Alaska. Pero, sin duda, el caso más
desquiciado fue el de Pierre Brassau, un vanguardista francés redescubierto en
Suecia a mediados de los 60. «Es un artista con la delicadeza de un bailarín de
ballet», se extasió un crítico ante las cuatro obras presentadas en una
exposición colectiva en Goteborg. En realidad, Pierre se llamaba Peter y era un
chimpancé del zoo, al que un periodista guasón había facilitado lienzos, pinturas
y pinceles. Al principio Peter estaba más interesado en comerse los colores,
sobre todo el azul, pero después empezó a embadurnar aquellas superficies tan
interesantes que le habían dejado en la jaula. El crítico que lo había puesto
por las nubes no perdió la compostura al enterarse, no ya de su verdadera
identidad, sino de su verdadera especie: «Sus cuadros -insistió con aplomo-
eran los mejores de la exposición».


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